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Estación Dorrego – J.C.Paz

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Por Stella Maris Berón, docente del DOSSES de la UNQ
Hay muchas formas de ir a trabajar. Hay gente que llega a pié, otros viajan en auto, en colectivo, en subte y hay quienes atraviesan océanos por el aire.
Yo voy en tren, desde la vieja estación de Dorrego, tomo el tren que llega a Pilar, para bajarme un poco antes, en José C Paz. Si, en ese tren que no sabe que existe la posibilidad de mejoras, porque el paso del tiempo y la gente transportada, lo ha ido deteriorando, lastimando, abandonando. Sus vagones desgastados, maltratados, son arrastrados por locomotoras que nunca pueden garantizar arribar a destino, corren con el riesgo de quedar a mitad de recorrido, y ser relevadas por “la que viene atrás”. 
Y dentro del mismo, en su mundo interno, cientos y cientos de personas, que a diario se trasladan, yendo o volviendo de sus trabajos, de su escuela, de sus hogares, del médico, de hacer trámites, de tener que ir “al centro”. Gente de manos rudas, fuertes, u otras de pieles tan finas, gastadas de trabajar. Me gusta mirar, intentar descubrir, con quienes viajo. Allí, conversando entre ellas, casi siempre de a dos, las maestras  jardineras, de guardapolvos con voladitos, bien planchados, impecables. Más allá, unos pibes haciéndose bromas, con sus gorras y tatuajes, hablan en voz alta, se ríen fuerte, se mueven, detrás de ellos un señor que no les saca los ojos de encima, entre desconfiado y curioso. Cerca mío unas sirenas morochas de pelo largo, negro y uñas pintadas de muchos colores. En otro asiento se escucha una mamá que le reclama a su niño su tarea escolar  inconclusa. También puedo divisar el vagón lleno de gente con sus bicicletas. Entre la gente que viaja parada, se desliza un río de vendedores ambulantes: pastillas, linternas, medias, chocolates, libros, fundas para  celulares, alfajores, y todo lo llevamos por solo … aproveche Sr. Sra.

 También están ellos, los artistas ambulantes. Se los oye antes de verlos, van ofreciendo su arte de vagón en vagón, en grupo, solistas, con instrumentos, a viva voz, chicos, jóvenes y viejos. Raperos, malabaristas, folcloristas, románticos baladistas, imitadores, cuenta cuentos, y mucho más. Ahora es el turno de un dúo de jóvenes con guitarras, están tocando chacareras, y al pedir el acompañamiento de “las palmitas”, se les nota la tonada norteña. Tocan con tanta fuerza, con tanta energía, como si en ello pusieran toda su esperanza,  toda la pasión que alimenta sus sueños. Sonríen, contagian alegría, imposible permanecer indiferente. Terminan de cantar y uno de ellos se da cuenta que iba una señora con su bebe en brazos, dormida. Se acerca, le pide disculpas por el “barullo”, le pregunta el nombre de la bebe y … que Dios se la bendiga, mamita dice en un gesto de ternura. Luego nos agradecen a los que podamos colaborar, y también agradecen a la señora que está sentada enfrente, ¡gracias por su sonrisa, abuela! Y le aprieta suavemente la mano. Se despiden con la canción preferida de mi querida amiga Selva, “…abre la puerta y entra a mi hogar amigo mio que hay un lugar, deja un momento de caminar…”
Mientras esto acontece a mi alrededor, trato de repasar la planificación del día, que compartiremos junto a Inés, Diego y los Orientadores. Leo los contenidos, educación social, comunidad de aprendizaje y me viene a la mente un concepto de Fals, el hombre sentipensante.
Estoy sensibilizada, me he conectado con los aspectos que necesito para trabajar en este proyecto, con esta gente, junto a estos compañeros. Es desde allí, desde el sentir, que me puedo sumar a este colectivo humano que se desafía en poder concretar algunos de los viejos sueños, lograr mayor inserción social a través del trabajo y de la educación. Un mundo con posibilidades para todos y todas (como orgullosamente dice nuestra presidenta)
Por eso voy hasta José C. Paz, porque me  siento parte de esa unión de esfuerzos, que es la DOSSES. Porque el viaje se torna esperanzador, porque como metáfora del construir, partimos desde donde podemos, con lo que tenemos, con lo que nos falta, con lo que se va armando entre tod@s,  no estamos solos, somos un montón, porque detrás de cada uno de nosotros, están nuestros compañeros luchadores del pasado, están nuestras familias, hijos, hermanos, vecinos. Y también está la alegría, esa arma que no nos pudieron sacar, aquellos que nos quisieron ver tristes para dominarnos.
Gracias compañer@s por esta hermosa experiencia, que me enorgullece compartir. ¡Un abrazo desde el corazón!
                                                  .

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