Pequeñas grandes cosas

por Guadalupe Baliño
Docente

Hay como una ola expansiva que comienza en el momento en que el compañero se sienta en el banco de la universidad, después de muchos años de haber dejado la escuela (o mejor dicho, de que la escuela lo haya dejado). Ese primer momento y ese gesto tan simple y definitivo de ocupar un lugar, se continúa cuando ese mismo compañero puede además decir su nombre, y de dónde viene; cuáles son sus expectativas y sus miedos. Es decir, cuando se le otorga la palabra. “Alfabetizarse es aprender a decir su palabra” como dice Freire.


Ese momento toma cuerpo y crece cuando el compañero gana confianza en él mismo, porque entiende que él también tiene algo para dar a alguien. 
Un lugar en el espacio, un espacio para decir, una presencia que escucha, una devolución en términos de confianza.
Y se produce la transformación. Y la transformación es pequeña. Es una pequeña GRAN transformación. Es casi inadvertida y es gigante al mismo tiempo. Es quizás una lágrima, quizás ni siquiera eso; quizás es una voz que se quiebra. Quizás un rostro antes duro que se enternece por medio de una sonrisa. Un cuerpo que se afloja y se permite que lo abracen.
Si bien palabras o expresiones como “políticas públicas”, “inclusión social” o “proyecto político” hablan de eso pero no llegan realmente a representar eso.
Hay algo de la dimensión de lo mínimo, eso es lo que me emociona: el recuerdo de una voz que se quiebra cuando el compañero relata el  momento en su vida en que dejó la escuela por tener que trabajar para mantener a sus hermanos; las lágrimas en los ojos de la compañera que nos cuenta orgullosa cómo en el barrio se organizaron las mujeres para combatir la violencia de género; el cuerpo emocionado que abraza, porque agradece la oportunidad  siempre anhelada y nunca realmente esperada: la de poder estudiar en el universidad.
La transformación empieza con cosas pequeñas. Y así como en las grandes mitologías, a menudo la primera gran transformación empieza con una simple palabra.